28 E – III: Resumen

 

Santiago Niño Becerra.

“Más vale honra sin barcos que barcos sin honra” es una frase que pronunció Casto Méndez Núñez, Almirante de la Armada española en la Guerra del Pacífico en 1865; parece que no hay dudas respecto a su autor, aunque sí al formato de la frase, tanto es así que de la misma existen diversas versiones. La sentencia en cuestión me vino a le mente en cuanto leí otra frase que, pienso, también quedará para la Historia, pronunciada esta por el Presidente del Gobierno del reino: ‘Más vale reformas sin pacto que pacto sin reformas’; ya sé: no la expresó exactamente así, he mantenido el símil en la forma con la del Almirante Núñez a fin de resaltar lo verdaderamente importante: las reformas (ya que si ‘más vale’ será porque el pacto vale menos, ¿no?).

Las reformas que en España se están adoptando en lo laboral, ¿para qué son?, ¿para qué han de servir?. Superada aquella primera andanada de que ‘la reforma laboral’ reduciría la tasa de temporalidad (los despidos de trabajadoras/es temporales, ¿acabarán computando a efectos estadísticos como reducciones en la temporalidad?), ¿qué queda?. Se argumenta que la batería de reformas laborales (no sólo ‘la laboral’) que ya se están adoptando va a servir para impulsar el crecimiento. El argumento es sencillo:

La reducción de los costes laborales (congelaciones salariales, descuelgues de acuerdos colectivos, modalidades de contratos con menores costes de despido, futuras reducciones de cotizaciones sociales, …) y la precarización del status del trabajador (facilitación del despido, flexibilización de horarios y, con probabilidad, mañana, de jornadas, …), junto a la específica reforma de las pensiones materializada en una reducción de la pensión media y abriendo un escenario de dudas sobre su viabilidad, configura un escenario de empobrecimiento de la población y de paso acelerado hacia unos estándares de consumo de bienes de menor precio y tipología diferente a la usual -la anterior-: comercios de ‘todo a cien’ y ‘marcas distintas’.

El objetivo buscado sería la tan argumentada -y, pienso, conceptualmente no cierta- ‘devaluación interna’ (en todo caso ‘desinflación interna’: se reducen costes laborales, es decir, tasas sobre el trabajo y salarios y, en consecuencia, precios) a fin de reducir costes y ganar un margen competitivo a fin de exportar, tanto el exceso de capacidad productiva existente en España, como los bienes que ya sin ‘desinflación interna’ no podían ser consumidos por la demanda española. El argumento tiene su lógica: si la población española se empobrece España podrá exportar; si las condiciones internas se mantienen (el empobrecimiento) el exterior demandará más por lo que la contratación de factor trabajo (precario) crecerá; y luego, cuando ‘España vuelva a ir bien’, ya veremos qué pasa con las condiciones del factor trabajo. El razonamiento tiene su lógica, decía, a no ser por dos cuestiones: ni España es Vietnam, ni el año 2011 es 1962. 

Lo que está suponiendo el modelo oficial diseñado por el Gobierno es que España puede basar su economía en exportar bienes y en vender servicios de medio y bajo valor manufacturados y elaborados a menor coste por personas precarizadas, personas que, no obstante, deberán pagar crecientes impuestos (indirectos, a fin de no tensionar el modelo) a fin de sostener un gasto público que, aunque recortado, continuará teniendo que sr financiado. Y no.

Las empresas no financieras españolas tienen unas deudas que, a 30 de Septiembre del 2010, ascendía a más del 140% del PIB, y las entidades financieras otra que sumaba el 105%; además, la empresa típica española funcionó a base de financiar su circulante durante la época del ‘España va bien’; más además, los bienes que España fabrica y los servicios que España suministra son fundamentalmente consumidos por las personas que más están padeciendo la crisis sistémica que nos ocupa y que más la van a seguir padeciendo: la clase media, tanto de aquí como de allá.

Es decir, se pone como objetivo indirecto de Gobierno el empobrecimiento de la población y se vende como algo necesario (inevitable, dentro de poco), y el principal partido de la oposición calla porque piensa que el camino no es otro y porque no desea que nadie se asuste ahora que está ganando en las encuestas: cree que las reformas deberían llegar mucho más allá. Y para compensar los menores ingresos por imposición directa que la propia reforma traerá, más imposición indirecta y directa sobre la mayoría de esa más empobrecida población.

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Nadie, ni el Gobierno ni en la oposición, plantea realizar un análisis del gasto: si lo que se gasta se gasta bien o se gasta mal: si lo que se gasta es procedente en un entorno de ‘España va mal’. Nadie, ni el Gobierno ni en la oposición, plantean perseguir con verdadero ahínco el fraude fiscal. Nadie, ni el Gobierno ni en la oposición, se plantearon hace tres años, cuando ya era evidente que España no iba bien, si las obras e infraestructuras que entonces se estaban realizando eran necesarias, procedentes, convenientes, productivas: ¡productivas!: nadie, ni el Gobierno ni en la oposición, se plantean qué hacer, como hacer para aumentar la productividad en España a pesar de que se sabe que contar con una elevada y creciente productividad es la única vía para tener una elevada competitividad.

 

El Gobierno cree (al menos dice) -y la oposición calla- que empobreciendo a la población española y precarizando al factor trabajo residente en España van a poder eliminarse los más de 4,3 millones de desempleados que jalonan la geografía española; cree que empeorando las condiciones de quienes ahora tienen empleo va a aparecer una demanda de trabajo que va a empezar a contratar trabajadores como por ensalmo en una especie de mundo feliz en el que todo el factor trabajo tenga cabida; cree que la población activa no va a aumentar más; y no.

Hoy, pienso, se va a dar un paso más en el proceso de huida hacia adelante en el que España lleva inmersa desde hace tres años y con el que se pretende salir del desastre en el que se metió hace doce, con la oposición de la oposición en clave de aceptación, con la contestación de unos sindicatos que tan sólo ejemplos como el de Nissan tienen para argumentar; una huida hacia adelante que pasa por un creciente empobrecimiento, un creciente empobrecimiento de la población a cambio, ¿de qué?, ¿del nuevo subsidio de 350 euros, el 17,8% menor que el anterior, por ejemplo?.

Subsidio que seguirá siendo necesario: el mismo Presidente del Gobierno dijo el Miércoles que “no va a ser fácil reducir el paro” (El País 27.01.2011, Pág. 10); y habló de ‘paro estructural’: ¿se estaba refiriendo a ‘un paro estructural difícil de reducir’?. Y el líder del principal partido de la oposición culpando del desempleo juvenil a la “incompetencia del Gobierno” (misma fuente anterior). ¡Por favor!.

Pero ‘Siempre nos quedará el fútbol’. (Casi ‘Casablanca’, Michael Curtiz, 1942).

(No cambio de tema, ya verán. En Davos, España está de moda: se habla de ella; la mayoría de cosas que se están diciendo sobre el reino Uds. ya las han leído aquí: lo de que es irrescatable, por ejemplo, pero una idea nueva se ha filtrado en la Montaña Mágica: la de que España sí puede salvarse. Nada más leer eso me ha venido a la mente el método que usaba la Santa Inquisición para salvar a una persona: matar su cuerpo para que se salvara su alma. España es irrescatable al uso de Grecia o Irlanda, pero garantizándole un poco de deuda y empobreciendo al país: a su población, hasta límites hoy inimaginables a fin de generar un ahorro forzoso (¿cuánto hacía que no oían este concepto?), redistribuyendo el uso de los escasos recursos de que se dispongan, recortando hasta el tamaño de las tijeras, … pues tal vez sí, tal vez el alma de España pueda salvarse, pero el resto …).

Santiago Niño-Becerra. Catedrático de Estructura Económica. Facultad de Economía IQS. Universidad Ramon Llull.

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