Cosas e inversiones. (¿O debería ser al revés?).

 

Santiago Niño Becerra.

Hace unos días una amiga me remitió un mail en el que, entre otras cosas, se decía:

“Yo estoy convencida de que sobramos la mitad de la población, pero la gente me ve como un bicho raro. Ayer en el supermercado pensaba que para comprar todo lo que se pone a la venta se necesitaría el doble de gente, porque es imposible que se pueda llevar a casa todo lo que hay”.

Más adelante decía:

“Quedé impresionada con lo que bajó la asistencia a los cines. Fuimos ayer mientras se caldeaba la casa y éramos cuatro personas para siete salas. Normalmente hay 14. Decían que estaban reparando las máquinas, pero imagino que las cerrarían por falta de público. En nuestra película estábamos solos en una sala de 150 personas, mínimo. Una desolación”.

Mi respuesta a esto fue:

“Lo que has pensado sobre la población pienso que es correcto, pero te falta introducir otra variable: se ha estado dando por supuesto que un número enorme de personas adquirirían muchas cosas de la misma familia de bienes: tres televisores, treinta blusas, veinte pantalones, dos coches, dos casas, vacaciones en sitios exóticos varias veces al año, ir al cine varias veces a la semana … y que todo eso que compraban lo cambiarían y renovarían con mucha frecuencia; como no hay renta ni salario que aguante eso, se ‘inventó’ el crédito, pero no cualquier crédito, el ilimitado; a partir de ahí ‘El mundo fue bien’, y así fue mientras … las personas dispusieron de capacidad de endeudamiento, cuando se acabó, adiós, poniéndose en marcha un proceso cuyo final es … la crisis sistémica que hemos empezado; a eso añádele la capacidad que ya existe para aumentar la productividad de forma continuada, y a lo que se llega es a tu apreciación: ‘sobra población’, pero abordar eso es de la fase siguiente”.

Muy pocos días después recibí un mail de un lector en el que abordaba un tema en apariencia muy distinto; en apariencia. Decía: 

“Actualmente tengo 53 años y estoy en la empresa con más plantilla de este país: el desempleo.  Estoy elaborando desde hace un tiempo un plan de empresa para la instalación de una planta de producción de (un derivado orgánico) provechando que tengo la posibilidad de disponer de unos inversores interesados en el tema: el trabajo ya sabemos cómo está y, lo peor, sabemos cómo se va a poner.

Entre las múltiples gestiones y contactos que llevo a cabo ayer asistí a una charla sobre financiación para Pymes y Autónomos que se daba en unas dependencias de la localidad donde resido (nombre de una población española). Los ponentes eran una representante de la organizadora del acto (nombre de una fundación), un representante de un banco (nombre de un banco) y un representante de una Sociedad de Garantía Recíproca (razón de una SGR)).

La introducción la realizó la organizadora con la presentación de una encuesta sobre la situación de Pymes y Autónomos en la localidad, muy correcta e interesante. A continuación un señor del Banco nos glosó las virtudes de la financiación de la banca centrada en dos productos, el Factoring y el Confirming. Ahí me empecé a morder la lengua, porque el Factoring bien, pero el Confirming no se lo dan a nadie y algunas empresas que lo usaban (yo era proveedor de algunas de ellas) lo han dejado de usar sin más explicaciones, aunque todos sabemos por qué.

Cuando le llegó el turno al señor de la SGR ya no pude contenerme más y en un momento en que nos preguntó a los presentes si teníamos alguna cuestión, le planteé la siguiente:

– Pregunta: ¿Ustedes avalarían una idea?
– Respuesta: ¿Cómo una idea?
– Pregunta: Sí, supongamos el siguiente caso: yo les presento un dossier con un plan de empresa y un plan financiero, el sector de actividad sería con futuro, el plan de empresa bien articulado y especificado y el plan financiero viable y con posibilidades de dar beneficio en un plazo coherente de tiempo ¿ustedes lo avalarían?
– Respuesta: Bueno habría que estudiarlo y ver que otras garantías…
– Pregunta: NO, no hablo de otras garantías, es más, siguiendo con el supuesto, pongamos que ustedes avalan por 100.000€, de los cuales 90.000€ serían para compra de maquinaria, que constituiría el aval efectivo y los otros 10.000€ para gastos diversos, teniendo en cuenta que el bien avalado es la garantía ¿ustedes lo avalarían?
– Respuesta: Bueno… es muy difícil…
– Pregunta: ¿Por qué?
– Respuesta: Porque yo no quiero maquinaria.
– Pregunta: Luego ustedes no avalan ni innovación ni a emprendedores, ustedes avalan al que tiene dinero, o bienes de sobra.
– Respuesta: No exactamente…
– Pregunta: Pero si yo avalo, pongamos por caso, con mi vivienda, la realidad es que estoy avalando personalmente dos, tres o cuatro veces el valor de lo solicitado, una con la maquinaria que usted no quiere y el resto con el valor superior de mi vivienda sobre el valor de su aval.
– Respuesta: bueno, no sé, habría que estudiarlo, pero es muy difícil que un caso así pudiera llegar a buen fin.

 
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Conclusión, le dije que sólo era una pregunta teórica (que lo era) y después de una intervención del señor del banco en su apoyo manifestando lo complicado que es que prosperen determinadas “operaciones” el señor de la SGR prosiguió con la charla, que a mi entender y a pesar de las buenas intenciones de los organizadores, no sirvió para nadie de los presentes, en su totalidad compuestos por microempresarios y autónomos. (Es una apreciación personal).

Mis dudas: ¿Así pretendemos que este país salga adelante? ¿puede llegar a ser competitiva la economía española con esta actitud? Y lo que es peor, las SGR tienen normalmente una parte de capital público ¿es realmente productivo invertir esos recursos públicos con esos planteamientos? ¿se obtendrá un beneficio claro de esa inversión?

Como conclusión le diré que personalmente obtuve mucho provecho de la cuestión, ya no tendré que desplazarme a plantear cuestiones a las SGR con el consiguiente ahorro de tiempo y dinero”.

Existen excesos de capacidad productiva a mansalva, desperdicios flagrantes de recursos, carencias de crédito, algunas buenas ideas, excesos de liquidez, aversión total al riesgo, odio a tener activos, y tararí que te vi.

(¿Se están diciendo las cosas que se dicen del modo más clarificador posible y contemplándolas desde el ángulo que menos dudas de interpretación puede sugerir?, no lo sé, pero ver la lista de países según la calificación media de las calificaciones medias ponderadas por su tamaño de sus entidades financieras que publica El País del 20.12.2010 en su Pág. 26, hace difícil responder afirmativamente a la pregunta anterior.

Según la lógica de pizarrín, el estado de las entidades financieras de un país debe guardar una correlación absoluta con el estado de la economía de ese país, con la confianza que despierta ese país, con las expectativas que genera ese país, ¿no?, pues, la verdad, pienso que no queda claro analizando la tal lista.

Chile se halla por delante de Holanda, Jordania por delante de Suecia, México por delante de Alemania, y Trinidad y Tobago por delante de Austria; ¿España?, pues por delante de Luxemburgo. Insisto: al margen de ratios y de proyecciones volumétricas, lo que lo anterior quiere decir es que la economía chilena muestra mayor confianza que la holandesa, la mexicana despierta mayores expectativas que la alemana, la de Trinidad y Tobago más de todo que la austríaca; y sí: la economía española es más guay que la luxemburguesa. Sinceramente, no lo veo.

Porque claro, si se trata de aplicar complejos algoritmos a imposibles índices, pues no sé, pero para Mr. Smith, típico integrante de la clase media de Manchester, ¿qué sistema bancario creen que le producirá mayor confianza, el brasileño o el suyo, el británico, a pesar de que, según la citada lista, el primero se sitúe en el puesto undécimo y el segundo en el vigésimo séptimo?.

Francamente, da la sensación de que de forma deliberada se pretende confundir al personal: si empezamos a abstraer la calificación -la nota- de las entidades financieras de un país del estado de la economía de ese país a fin de elaborar filosóficas elucubraciones pienso que se corre el riesgo de querer separar la salsa y los chipirones de una cazuela de chipirones en su tinta, y la verdad, como-que-no). 

Santiago Niño-Becerra. Catedrático de Estructura Económica. Facultad de Economía IQS. Universidad Ramon Llull.

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Cosas e inversiones. (¿O debería ser al revés?).
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