De impuestos, deudas y servicios – y 2

 
Santiago Niño Becerra.
Entiendo que cuando el Señor Ministro de Fomento dice lo que dice, lo que está diciendo es que la presión fiscal debe subir para intentar que tanto la cantidad de servicios suministrados como su calidad permanezca lo más inalterada posible en relación a la que era cuando ‘España iba superbien’, es decir, entiendo no se van a subir los impuestos para mejorar nada sino para tratar de que las cosas se queden como están; es como lo que están haciendo cada vez más ciudadanas y ciudadanos USA desde finales de los 70: trabajar más horas en más empleos diferentes a fin de no perder poder adquisitivo ya que las remuneraciones de las tareas que realizan están cayendo.
Por el lado de los ayuntamientos las cosas aún están peor: pueden hacer muy poco o nada para evitar que la actividad económica siga retrocediendo en sus municipios y con ella que lo haga la recaudación, pueden hacer poquísimo para negociar con sus acreedores debido a que ya tienen agotada prácticamente esa vía, lo único que se les está ocurriendo es solicitar que se les permita endeudarse más. Alucinante, ¿verdad?: querer arreglar con deuda un problema generado por la deuda. Y, además, teniendo en cuenta que, en situaciones así, los primeros que reciben las tortas son los gobiernos locales (‘locales’ de localidad: La Moncloa siempre queda muy lejos, y las sedes de los Gobiernos regionales, también).
Horrible, si, y, ¿qué se puede hacer?.
Pienso que lo primerísimo -ya lo hemos comentado: debía haberse hecho hace mucho tiempo- es admitir que ‘aquello’ jamás va a volver: NUNCA, jamás, y aquí sí puede decirse nunca jamás, y no va a volver ni a nivel local, ni regional, ni estatal.
Lo segundísimo, deberían aparcarse las disputas políticas: todos los partidos son culpables de la situación creada y ninguno puede hacer absolutamente nada para ‘arreglar’ las cosas (léase para volver-a-lo-de-antes). Por ello debería constituirse un Gobierno de concertación nacional, con réplicas a nivel regional y local, en los que los técnicos tuvieran auténtica voz, y que se diese una total coordinación vertical y horizontal entre entes administrativos.
Como ya saben pienso que debería realizarse un análisis de gastos partiendo de una única premisa: ¿es necesario, más aún, es imprescindible lo que se gasta?, y, como complemento, ¿se está gastando eficientemente la pasta que se está gastando?. (Este análisis llevaría a situaciones duras: recoger la basura una vez cada dos días es menos malo que recogerla cada tres, y recoger la basura es más imprescindible que mantener un polideportivo).
Una vez realizado este análisis debería elaborarse una previsión fiable y creíble de ingresos, insisto, tanto a nivel estatal, como regional y local, metiendo en la consideración, dónde y en qué es más necesario gastar cada euro, y dónde y en qué rinde más un euro gastado. Y ello, insisto de nuevo, dejando al margen colores políticos y encuestas de intención de voto. (En esta línea es incomprensible que el principal partido de la oposición diga lo que está diciendo ya que fue con su primer Gobierno cuando se pusieron los cimientos del actual desastre: ‘España va bien’, y es también incomprensible que el partido en el Gobierno diga lo que dice porque desde que gobierna no ha hecho nada por revertir esa situación: ‘España va más que bien’. Y lo es también lo que dicen los partidos políticos regionales: se dejan querer para conseguir, ¿qué?, dicen que aceptan coaligarse para hacer, ¿qué?).
De fuera no podemos -España no puede- esperar nada en absoluto: en los momentos definitivos las personas están solas, los Estados también, y las regiones y los ayuntamientos, y encima se acaban los fondos de cohesión: 0,9% del PIB, y nadie dice nada sobre eso, ni Gobierno ni oposición; así que lo mucho o poco que se haga tiene que hacerse aquí; por lo que, pienso, hay que explicar a las ciudadanía las cosas muy claritas (no es de recibo que la Señora Elena Salgado, hace cuatro días, diga que no se van a subir los impuestos y que anteayer el Señor José Blanco diga que si).
España, aunque parezca que no, cuenta con una baza: todos los países, todas las economías se hallan mal, por lo que, con datos buenos en la mano, se puede negociar partiendo de la base que quien se tiene enfrente no está bien por lo que aceptará un trato; además, cuando las cosas se degraden de verdad, una coordinación entre las distintas economías europeas es asumible (España lo tendrá mucho más negro, pero es lo que hay).
Lo básico. Hay que considerar si lo que se hace es necesario, lo que implica tener que meter en la ecuación a quienes hacen lo que se hace. (¿Por qué es ahora cuando Francia se expulsa a gitanos en situación irregular y no cuando ‘Francia iba bien’?, pues, pienso, porque las expectativas son malas y el desempleo va a aumentar. Subsidio de subsistencia, imprescindible; aceptación por parte del desempleado de un empleo aunque suponga subempleo, sin dudar; franceses antes que no franceses, sin discusión. Esa pienso, va a ser la secuencia).
¿Las compañías que caerán?: los accionistas deberán asumir las consecuencias: el riesgo es un componente esencial de la inversión. ¿La caída en el nivel de vida que se producirá?: la mayoría sólo podrá tomarse un helado los sábados, pero lo que no era sostenible era el que todo el mundo se tomase treinta helados diarios; y ojo: digo ‘sostenible’, no ‘normal’: la consideración de lo que es normal o anormal cambia con el viento, digo ‘sostenible’ porque lo que es fijo e inmutable es la disponibilidad de recursos.
Vienen tiempos muy duros, pero por favor: ¡seamos lógicos!, y llamemos a las cosas por su nombre.
Santiago Niño-Becerra. Catedrático de Estructura Económica. Facultad de Economía IQS. Universidad Ramon Llull.
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