El niño rico de Silicon Valley

 
El creador de facebook ha revolucionado la comunicación interpersonal. Más de 800 millones de personas utilizan su red social, que pronto iniciará una nueva etapa en Bolsa.
 
Javier García Ropero.
Mark Zuckerberg.. El rico de Silicon Valley –

Todo comenzó una noche de octubre de 2003. En un cuarto de la residencia Kirkland, adscrita a la prestigiosa universidad estadounidense de Harvard, un joven neoyorquino de familia acomodada y con unas cervezas de más encendía, sin saberlo, la chispa de una revolución en la red que años más tarde le convertiría en uno de los multimillonarios más jóvenes del planeta. Por un despecho. Por una travesura. Mark Zuckerberg no podía imaginarse entonces que acabaría desbancando a Steve Jobs o a Bill Gates como la figura más influyente de Silicon Valley.

Y también una sobre la que más se ha escrito y polemizado. Pero de lo que no cabe duda es de que el chico ya apuntaba maneras. Hijo de dentista y psiquiatra, creció rodeado de ordenadores, gracias al interés de su padre, Edward, por las nuevas tecnologías. De hecho, una de las primeras creaciones de su hijo consistió en un rústico software de mensajería instantánea que instaló en su clínica dental y que le permitía comunicarse con su recepcionista. Rústico, teniendo en cuenta que transcurría el año 1996 y que el pequeño Zuck, como le gusta que le llamen sus amigos más cercanos, contaba entonces con apenas 12 años.

A esa edad, mientras la mayoría de niños prefiere jugar al balón, Zuckerberg se refugiaba en su ordenador creando pequeñas, pero útiles, aplicaciones informáticas. Conscientes del potencial de la criatura, sus padres contrataron un profesor particular de informática. Pronto no quedaría claro quién enseñaba a quién.

Reservado, parco en palabras, poco hábil con las relaciones sociales, su afición por la programación no le convierte en el típico friki que no cultiva más intereses de los que encuentra en su monitor. Fue capitán del equipo de esgrima en el instituto Phillips Exeter, en New Hampshire, un exclusivo centro con un coste superior a 40.000 dólares anuales, y se hizo con un diploma en literatura clásica. Y de allí pasó a la no menos restrictiva Universidad de Harvard, donde estudian los hijos de las medias y grandes fortunas estadounidenses. Zuckerberg, al que nunca le faltó de nada, no se ajustaba precisamente al perfil clásico del estudiante de dicho centro. Ataviado con sus camisetas y sudaderas con capucha, bermudas y chanclas como calzado básico, no pasaba inadvertido entre sus compañeros, pero no para bien.

Era observado como un bicho raro, no solo por su indumentaria. Además de su introversión, hay quien destaca su carácter egocéntrico, ambicioso, arribista. Aspectos que, según sus allegados, eran propios de aquel chaval de 19 años y que ha ido suavizando con el tiempo, y con la tranquilidad de tener su vida y la de varias generaciones de descendientes solucionada.

Ese marcado carácter, unido a su innegable brillantez, le han acarreado más de un quebradero de cabeza en forma de pleitos y biografías no autorizadas, convertidas posteriormente en oscarizados filmes de Hollywood. El interés por conocer más del joven introvertido que creó la mayor comunidad web del planeta llevó a La red social, la película de David Fincher que reconstruye el inicio y evolución de Facebook, a recaudar unos 200 millones de euros. En ella se dibujaba el perfil más oscuro del personaje, pero no sería justo quedarse solo con la visión del joven y ambicioso Zuckerberg. Ahora, a sus 27 años, lidera una compañía de un valor cercano a 100.000 millones de dólares, y su próxima y esperada salida a Bolsa es una de las noticias del recién comenzado 2012.

 
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El Zuckerberg empresario amasa una fortuna de 17.500 millones de dólares, y sus acciones pueden llegar a valer cerca de 30.000 con la salida a Bolsa de su compañía, la cual seguirá controlando pese a querer captar unos 5.000 millones de los inversores. Pero aunque la siguiente afirmación pueda parecer frívola, el dinero no mueve sus actuaciones, salvo cuando es inevitable. Conduce un Honda de gama media, suele pasar inadvertido entre los visitantes de Silicon Valley y su forma de vestir ha evolucionado a camiseta de manga corta y tejanos.

No quiso vender Facebook cuando esta no había alcanzado ni la mitad de su éxito actual, rechazando ofertas millonarias de las principales empresas de internet. Quizá por principios, o por la convicción de que los réditos podrían multiplicarse con el paso del tiempo. Sea como fuere, el tiempo le ha dado la razón.

Pero su obsesión real es “cambiar el mundo”. En su carta a los reguladores del mercado bursátil norteamericano, incluida en el folleto de salida a Bolsa de Facebook, afirma que su “misión social es hacer un mundo más abierto y conectado. Dar a todo el mundo una voz y ayudar a transformar la sociedad para el futuro”. Por el momento, ya lo ha conseguido con unos 800 millones de personas que usan Facebook. Una expansión que puede tener techo si no consigue entrar en China, donde la censura hace difícil su presencia.

Pero Zuckerberg no ceja en el empeño. Ya ha aprendido a hablar chino mandarín, como relata en su perfil, donde también incluye una de sus frases favoritas, de Virgilio, no elegida por casualidad: “La fortuna favorece a los audaces”.

El niño rico de Silicon Valley
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