El problema del mundo es el dólar

 

Pedro Calvo.

“El dólar es nuestra divisa, pero es vuestro problema”. Esta histórica sentencia lleva la rúbrica de John Connally. La formuló en 1971, al poco de ser nombrado secretario del Tesoro de Estados Unidos, para salir al paso de las preocupaciones procedentes de Europa después de que la mayor economía del mundo rompiera los lazos de su moneda con el oro y oficializara así la defunción de los Acuerdos de Bretton Woods, vigentes desde 1944.

Casi 30 años después, las palabras de Connally conservan todo su significado. El dólar, claro está, continúa siendo el emblema de EEUU, pero representa un problema cada vez mayor para el resto de las economías del planeta. ¿Por qué motivo?

Por la dólardependencia que sufre el mundo. Es decir, porque la hegemonía cambiaria que posee la divisa norteamericana desde los años posteriores al fin de la Primera Guerra Mundial ha desembocado en un planeta demasiado enganchado al billete verde y, por tanto, muy vulnerable a todo cuando acontezca con el dólar.

Las cifras así lo constatan. Según los últimos datos del Banco Internacional de Pagos (BIS, en sus siglas en inglés), el dólar está presente en el 85 por ciento de las transacciones mundiales de divisas. Y el Fondo Monetario Internacional (FMI) certifica que en torno al 60 por ciento de las reservas mundiales en moneda extranjera están denominadas en dólares.

Teniendo en cuenta que las reservas globales se han disparado de 1,3 a 8,4 billones de dólares en los 15 últimos años, en el mundo hay ahorrados alrededor de 5 billones de dólares en billetes verdes.

Además de confirmar que el globo gira al son del dólar, estas estadísticas revelan un dilema ya denunciado a mediados del siglo XX por el economista belga Robert Triffin. Sostenía que el mundo no podía tener una única divisa de referencia, porque eso obligaría a que dicho país fuera acumulando unos crecientes desequilibrios por cuenta corriente con los restantes países, que a su vez pasarían a poseer mayores cantidades de esa moneda.

La situación se prolongaría hasta que esos socios perdieran la confianza esa la divisa hegemónica y comenzaran a deshacerse de ella, con la depreciación correspondiente.

Malestar creciente

¿Es posible que este riesgo se manifieste con respecto al dólar en estos momentos? No. No sería sensato que, por ejemplo, China saliera al mercado a vender los aproximadamente 1,7 billones de dólares que tiene en su despensa ?el 66 por ciento del total de sus reservas?, puesto que eso equivaldría a tirarse piedras contra su tejado, ya que el valor de sus ahorros actuales caería en la misma proporción en la que lo hiciera el dólar.

Ahora bien, eso no significa que los socios de EEUU no puedan hacer nada. Es más, todo indica que tratarán de aprovechar la cumbre del G-20 que comienza mañana en Seúl (Corea del Sur) para alzar su voz.

Sobre todo, por el malestar que genera el hecho de que, por un lado, el billete verde preserve su condición hegemónica, como es propio de la divisa de la mayor potencia del mundo, y por otro, que esa supremacía no impida que las autoridades norteamericanas emprendan políticas o medidas que persigan, precisamente, debilitar el valor del dólar para obtener así la correspondiente ventaja competitiva.

Todo ello, en un contexto en el que el secretario del Tesoro, Timothy Geithner, sostiene que EEUU aún defiende la política de “dólar fuerte” instaurada en los años 90.

Esta dualidad está caldeando el ambiente en las horas previas a la Cumbre. Más aún después de la última medida de la Reserva Federal (Fed), el banco central norteamericano, que el pasado miércoles decidió imprimir 600.000 millones de dólares adicionales.

 
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La versión oficial es que lo hizo para reforzar la recuperación económica y luchar contra la deflación o caída de los precios; la oficiosa indica que con esa inyección pretende acelerar la debilidad del billete verde.

“Semejante movimiento crea problemas para el resto del mundo porque, en efecto, Estados Unidos está arrebatando crecimiento de Europa y Japón, en un ejemplo de la clásica política de empobrecer al vecino a través de las devaluaciones”, certifica Keith Wade, economista jefe de la gestora Schroders.

“La decisión de la Fed complica la resolución del conflicto relativo a las tentaciones proteccionistas que pueden estar incubándose por la batalla cambiaria derivada de la marcada depreciación del dólar en las últimas semanas”, agregan los expertos de Banif.

Este entorno introduce un nuevo elemento que puede modificar las directrices cambiarias de los últimos años. Hasta la fecha, EEUU, secundada por Europa, ha llevado la voz cantante y ha impuesto la tesis de que es China, con su política de apreciar de forma gradual el yuan, la que alimenta de manera principal los desequilibrios globales.

Pero esta vez la delegación norteamericana presente en Seúl deberá defenderse, puesto que incluso las autoridades europeas han criticado esta semana la última actuación de la Fed y la búsqueda de un dólar más débil.

Sin intereses comunes

Sobre este caldo de cultivo, la reunión de Seúl cobra una nueva dimensión. Puede acoger un acontecimiento histórico, consistente en que los mercados emergentes podrían decirle a la cara a Estados Unidos que resulta necesario orquestar un nuevo orden financiero internacional en el que el dólar deje de ser el pivote central.

Se sumaría al esperado llamamiento a que sea el mercado, y no la mano visible de las respectivas autoridades, el que determine el tipo de cambio de las divisas. Pero el consenso puede acabar ahí. Porque en todo lo demás hay fisuras. Para empezar, habría que buscar sustituto al dólar.

El sistema de los derechos especiales de giro (DEG) se antoja demasiado complejo de articular y el euro y el yuan chino no parecen estar demasiado dispuestos a ser las divisas hegemónicas. ¿Y un nuevo acuerdo cambiario, al estilo del alcanzado en Bretton Woods en 1944? Resulta complicado. Los expertos, de hecho, lo descartan por un motivo principal: la ausencia de intereses comunes.

Es más, ésta es la esencia misma de la denominada Guerra de las Divisas, en la que las naciones recurren a las devaluaciones competitivas ?u otras alternativas? como armas proteccionistas con las que defender sus intereses.

¿Y unos pactos menos pretenciosos que los de Bretton Woods, similares a los del Hotel Plaza en 1985 o del Louvre en 1987? Los analistas tampoco lo creen probable. Hace dos décadas, esos acuerdos se sellaban en el G-5 o en el G-7. Ahora, habría que poner de acuerdo a 20 países, lo que dificulta la adopción de acuerdos.

La paradoja, por tanto, está servida: el mundo sabe que debe desengancharse de su dólardependencia, pero no encuentra el modo de hacerlo.

El problema del mundo es el dólar
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