Espías en la embajada

 

Antonio Díaz.

Desde que el vallisoletano Juan Velázquez de Velasco fuera nombrado por Felipe III “espía mayor de la corte y superintendente general de las inteligencias secretas” mucho y poco ha cambiado en el mundo del espionaje. Los legajos que hoy consultamos en los archivos de Simancas sobre la corte francesa o inglesa son similares a los que Wikileaks filtra del Departamento de Estado norteamericano, aunque con cuatro siglos de diferencia. De repente, nos encontramos ante el frescor de acontecimientos contemporáneos y de los cuales aún tenemos memoria viva, sin el tamiz de un sueño de los justos de varias décadas, algo inédito en la historia.

El poeta Alfred Austin describía el paraíso como estar sentado en un agradable jardín de la embajada recibiendo telegramas que le anunciasen alternativamente una victoria inglesa por mar y otra por tierra. En la actualidad, querer separar espionaje y acción exterior es seguir teniendo una visión muy romántica de un diplomático.

El informe sobre la Reforma del Servicio Exterior Español, dirigido por el embajador Melitón Cardona en 2005, abordó varios de los retos que el Cuerpo Diplomático de un país como España, debe afrontar en el siglo XXI. Si queremos que nuestros diplomáticos abran mercados, modifiquen la imagen del país, o se impliquen en la seguridad, es esencial repensar su secular función.

En esta línea, la Fundación Alternativas nos encargó en 2005 un informe sobre el papel de la comunidad de inteligencia en el proceso de toma de decisiones en política exterior y de seguridad, cuya segunda oleada se realizó el pasado verano. Cuarenta embajadores de España en el extranjero, que representan a todas las zonas de interés para España en pequeñas, medianas y grandes potencias, respondieron a un cuestionario sobre la visión que tenían de su trabajo.

Se les preguntó si creían que las empresas españolas en el extranjero debían suministrar información a las embajadas. La gran mayoría respondió que sí, pero menos de la mitad piensa que efectivamente lo hagan. Guarismos similares se obtienen al preguntar sobre si el CNI debería informar a las empresas españolas para favorecer su actividad económica en el extranjero, una gran mayoría considera que sí, pero apenas uno de cada cuatro cree que efectivamente sea una pauta habitual del CNI.

Esta percepción es llamativa porque el Centro, de acuerdo con la voluntad que el legislador expresa en su ley reguladora de 2002, tiene como misión “obtener, evaluar e interpretar información y difundir la inteligencia necesaria para proteger y promover los intereses políticos, económicos, industriales, comerciales y estratégicos de España, pudiendo actuar dentro o fuera del territorio nacional”. No obstante, los embajadores reconocen que las empresas españolas tampoco miman esta relación, ya que mientras todos ellos entienden que las empresas deben informar al CNI de aquello que tengan conocimiento y que pueda ser relevante para los intereses de España, apenas uno de cada diez considera que lo hagan.

Los embajadores son la cabeza del Estado y de los intereses de España en el exterior, además de una prolongación de una política nacional mucho más compleja que la de hace cuatro siglos. Por eso, si más allá de la labor representativa queremos que los embajadores dirijan toda la acción exterior de España, la labor informativa es una dimensión que no podemos olvidar.

La misión del espía mayor de Felipe III era centralizar y dirigir toda la información secreta enviada por virreyes, embajadores y capitanes generales, por lo que este primer intento de coordinación de la diplomacia secreta de los Austrias muestra que los embajadores espían desde antaño. A día de hoy la situación no es diferente. La mitad de los embajadores se considera por igual consumidor de inteligencia y recolector de información, uno de cada diez, más consumidor que recolector y, un tercio, más recolector que consumidor. Este porcentaje sube en 2010 hasta el 80% y, además, se ha triplicado el número de embajadores que reconocen recibir informes de inteligencia alguna vez al mes.

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Estos datos reflejan que la relación entre la diplomacia y el espionaje español mejora desde los años setenta cuando el recelo de los diplomáticos hacia los miembros del servicio de inteligencia era máximo.

 

Atrás quedaron paulatinamente duros enfrentamientos personales entre los embajadores y las antenas del servicio de inteligencia que parecían más dedicadas a cotilleos de alcoba de los embajadores que a captar verdadera inteligencia. Se comenzó a cuidar el perfil de los agentes que el Centro mandaba al exterior para evitar encontronazos y, en la actualidad, los alumnos de la Escuela Diplomática visitan el CNI durante su proceso formativo. Quizá esto explique que para un 86%, la relación entre ambos sea de cooperación y, para el 13%, buena, siempre que no comprometa el trabajo de la embajada, si bien aún para dos tercios el funcionamiento de toda la comunidad de inteligencia es mejorable o muy mejorable.

Los diplomáticos siempre han tenido grandes recelos a que cualquier implicación en labores de espionaje dificultase su labor de representación; pero la mera representación ya no puede justificar la existencia de un Cuerpo Diplomático de unos Estados con múltiples intereses fuera de sus fronteras y que debe tener una única cabeza, en mi opinión, la del embajador.

Preguntados por el dilema de obtener información o no deteriorar la posición de la representación exterior de España, la mitad de los embajadores respondió que debe primar la obtención de información; esta cifra se ha elevado a tres de cada cuatro en 2010.

Lo contrario, es evidente, supondría asumir que exista una red paralela, fuera del control de los embajadores, y los encuestados dejan meridianamente claro que no quieren espías descontrolados en su legación, y ambas oleadas calcan los resultados: un 81% sostiene que las redes de inteligencia deben depender del embajador.

Un viejo tratado decía: “El espionaje existe por dos motivos: por necesidad y por reciprocidad”. Por eso, aunque la labor informativa de los diplomáticos no está en duda, sin embargo, cada vez se antoja más complejo ocultarla.

En el damero internacional es esencial mantener una cierta asepsia que permita tener un canal no contaminado para jugar bajo el tapete cuando el Estado no puede actuar ante los focos o, simplemente, dos Estados no tienen relaciones diplomáticas.

Pero para jugar en la compleja realidad mundial, cada Estado, en sus casillas y con sus fichas, necesita espías en la embajada, y lo que Wikileaks ha mostrado es que el tiempo ya no será más un aliado para mantener la ficción de que el embajador solo pasa el día tomando té en el jardín.

Antonio M. Díaz Fernández es profesor titular de Ciencia Política en la Universidad de Burgos y colaborador de la Fundación Alternativas.

 http://www.elpais.com/articulo/internacional/Espias/embajada/elpepuint/20101215elpepuint_40/Tes

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