Inmigración – 1

 

Santiago Niño Becerra. La Carta.

Existen dos formas de abordar el tema de la inmigración: 1) desde una perspectiva ideológica, lo que lleva a un enfoque racial cuya evolución extrema fue algo parecido a lo acordado en la Conferencia de Wannsee, y 2) desde una perspectiva económica en la que la inmigración sea considerada, fundamentalmente, oferta de trabajo; este enfoque puede venir matizado por consideraciones más o menos humanitaristas e influido por posturas más o menos políticas y/o politizadas.

El País del pasado 18 de Septiembre publicó en su Pág. 3 un trabajo muy bueno sobre el tema de la inmigración tomando como referencia a Suecia, léanlo, vale la pena. De su lectura, partiendo de la base de que Suecia no es un país que se halle en la media, puede extraerse mucha información de lo que sucede en los extremos de una situación, y puede obtenerse un esquema muy acertado de, no tanto lo que actualmente está sucediendo con la inmigración (para eso, para ver lo que está sucediendo hoy es mejor mirar a Francia o a España), sino de lo que mañana puede suceder.

Lo-que-hoy-está-sucediendo-con-la-inmigración, pienso, no pertenece, ni de lejos, a la primera forma de abordar el tema que apuntaba en el primer párrafo, sino a la segunda, completamente, absolutamente. Nadie hoy secundaría una política como la desplegada por la jerarquía Nazionalsocialista en 1942, fundamentalmente porque el mundo hoy no es el mundo de los años 30. El tema es otro, y tiene mucho que ver con el modelo puesto en marcha tras la II Guerra Mundial.

El ir-a-más que caracterizaba al modelo que sustituyó al agotado en la Gran Depresión precisaba de un aporte creciente de población en su doble vertiente de productora y consumidora. Cuando las poblaciones de los países líderes fueron ocupadas en su totalidad, importaron factor trabajo: fueron los portugueses, españoles, griegos, balcánicos e italianos del Sur que en los tardíos 50 y en los 60 emigraron a Europa, también los argelinos y marroquíes que se asentaron en Francia: la antigua metrópoli, y los turcos que empezaron a llegar a la RFA.

Durante tres décadas, casi cuatro, las cosas han ido bien. Cierto es que en los últimos 70 abundantes emigrantes europeos regresaron a sus países de origen, pero, a partir de los 80 fueron sustituidos, más que con creces, por emigrantes procedentes de países subdesarrollados extraeuropeos, emigrantes que fueron ubicados en áreas cercanas a las grandes ciudades en las que mantenían costumbres y formas de vida, a esos se añadieron en los tardíos 90 y en los 2000 ciudadanos procedentes de los PECOS.

Cuando las cosas iban bien esas personas eran necesarias, imprescindibles incluso, por lo que su permanencia no fue, prácticamente nunca, cuestionada siempre y cuando se mantuvieran en su entorno; además, esos inmigrantes consumían, y pagaban impuestos, por lo que su estancia en el país desarrollado en el que estuvieran era doblemente positiva. Pero esa realidad empezó a cambiar a mediados de los 2000.

Hoy en día, con respecto al tema de la inmigración se están produciendo dos fenómenos al unísono. Por un lado, la oferta de trabajo (total) es superior a la demanda de trabajo (total), por otro, y debido a los recortes de gasto público que se están produciendo en todas las economías mundiales originados por la caída de ingresos que los Estados han experimentado, se produce una tendencia a ver a la población inmigrante como consumidora de unos servicios en retroceso aportando siempre menos de lo que absorben.

 

A medida que se vaya profundizando en la crisis sistémica en la que nos hallamos este problema se agudizará. El desempleo del factor trabajo aumentará, por lo que la competencia por los cada vez más escasos empleos existentes y servicios disponibles entre población inmigrante o de origen inmigrante y población autóctona, pienso, crecerá, lo que dará lugar a una creciente tensión social, mayor en las economías en las que mayor sea la tasa de inmigración y menor sea la capacidad de generación de PIB.

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La recuperación (lenta, muy lenta) que, según entiendo empezará a producirse a partir del 2015 no solventará tales tensiones: el nuevo modelo que sustituirá al aún el actual, al basarse en la productividad y en la eficiencia, precisará de una aún menor oferta de trabajo, por lo que la sensación de que hoy ya son ‘demasiados’ los inmigrantes establecidos, se convertirá en certeza y será amplificada por las elevadas tasas de desempleo estructural que mostrará la realidad postcrisis.

(“Estamos ante una crisis de supervivencia”, Mr. Van Rompuy este Martes (El País 17.11.2010, Pág. 1). Aceptemos que así sea. Se me ocurren varias preguntas: la supervivencia de la UEM, de la UE, ¿depende de que Irlanda acepte la ayuda que se le está ofreciendo?; el rescate de menos de la economía que genera el 2% del PIB europeo, ¿supone la vida o la muerte del euro?. Insisto, aceptando que en lo que dice el Presidente del Consejo Europeo no haya ni una pizca de exageración lo que me están indicando sus palabras es que la situación es infinitamente más grave de lo que se pinta, de lo que hasta ahora se ha dicho; ya, ya: cada vez se están diciendo más cosas, y sí: la situación es peor de lo que se decía hace seis meses, pero no, hasta ahora nadie había hablado de que la supervivencia de la UEM de la UE estuviese en peligro (o al menos yo no lo había oído).

Irlanda: ¿realmente su economía necesita ser rescatada?, de ser así, ¿son suficientes 100 mM?. Recuerdo que cuando empezó a hablarse de que Irlanda podía tener problemas el Gobierno irlandés garantizó el 100% de los depósitos bancarios, una cantidad que más que duplicaba el PIB de la república. Los bancos irlandeses tienen deudas, y les deben, y tienen activos que respaldan todo eso, pero detrás de todo eso está el Estado. ¿Continúa en vigor la garantía que proclamó el Gobierno irlandés?; los activos que tienen esos bancos, ¿de qué calidad son?; en estas circunstancias, ¿es la economía irlandesa un activo de tales bancos?. Preguntas, preguntas; pero no hay respuestas, solo la realidad de que Irlanda debe ser rescatada e intervenida por los Men in Black -esos de los que ya hablamos y que continúan elaborando sus planes en sus oficinas de Nowhereland-, como lo fue Grecia, como, pienso lo será Portugal, y España: a otro nivel.

Rescate, el problema es que ‘rescate’ tiene connotaciones peyorativas: se rescata a alguien que está en gravísimo peligro. Tal vez sería mejor hablar de ‘sostenimiento’; en el fondo es lo mismo -o peor: se sostiene algo que está a punto de derrumbarse-, pero no suena tan mal).

Santiago Niño-Becerra. Catedrático de Estructura Económica. Facultad de Economía IQS. Universidad Ramon Llull.

Inmigración – 1
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