Lección de Historia

 

Santiago Niño Becerra. La Carta.

Hace un par de semanas un lector me remitió un mail en el que se reproducía unas páginas de un libro, su autor es Ernst H. Gombrich, su título “Breve Historia del Mundo”, y las páginas la 191 y la 192. Pienso que es una lectura interesante: la reproduzco tal cual.

“Ahora, de pronto, todo cambió por completo. Algunas personas eran propietarios de máquinas. Y para hacer funcionar una de aquellas máquinas no se necesitaba haber estudiado mucho, pues la máquina lo hace todo por sí sola. En unas horas se puede enseñar con facilidad su manejo.

Pero, sobre todo, hubo algo más: los cien tejedores de la ciudad se quedaron ahora sin empleo. Morirían de hambre irremediablemente, pues su trabajo lo realizaba una máquina. No obstante, como es natural, antes de morir de hambre junto con su familia, una persona está dispuesta a todo. Incluso, a trabajar por una cantidad de dinero increíblemente escasa, con tal de recibir cualquier cosa para seguir viviendo y trabajando.

Así, el fabricante dueño de las máquinas podía llamar a los cien tejedores hambrientos y decirles: «Necesito cinco personas que atiendan mis máquinas y mi fábrica. ¿Por cuánto dinero lo haríais?». Aunque hubiese en ese momento alguien que respondiera: «Quiero una cantidad que me permita vivir tan feliz como antes», es posible que otro dijese: «Me basta con poder comprar cada día una rebanada de pan y un kilo de patatas». Y un tercero, al ver que éste le arrebataba su última posibilidad de vivir, afirmaría: «Lo intentaré con media rebanada de pan». Y cuatro más añadirían: «Nosotros también». «De acuerdo —respondería el fabricante—, en ese caso probaré con vosotros. ¿Cuántas horas queréis trabajar al día?». «Diez horas», diría uno. «Doce», diría el segundo, para no perder aquella oportunidad. «Yo puedo trabajar dieciséis», exclamaría el tercero. Al fin y al cabo, les iba la vida en ello. «Bien», diría el fabricante, «en tal caso, me quedo contigo. Pero, ¿qué hará mi máquina mientras tú duermes? ¡No necesita dormir!». «Puedo mandar a mi hijo de diez años», diría el tejedor desesperado. «¿Y qué he de darle». «Dale un par de monedas para pan con mantequilla». «La mantequilla sobra», diría, quizá, el fabricante. Y así se cerraba el negocio. Pero los otros 95 tejedores en paro tendrían que morir de hambre o procurar que los aceptaran en otra fábrica.

No creas que todos los fabricantes eran, en realidad, tipos tan malos como te lo he descrito aquí. Pero el más malvado y que pagara menos podía vender más barato que nadie y tenía, por tanto, el mayor éxito. Así pues, los demás se veían obligados a tratar a los trabajadores de manera similar, contra su conciencia y su compasión.

 
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La gente estaba desesperada. ¿Para qué aprender, para qué esforzarse en realizar un bello y delicado trabajo manual? La máquina hacía lo mismo en una centésima de tiempo y, a menudo, de manera más regular y cien veces más barata. Así, antiguos tejedores, herreros, hilanderos y carpinteros caían en una miseria cada vez mayor e iban de fábrica en fábrica con la esperanza de que les permitieran trabajar en ellas por unos céntimos. Algunos se enfurecieron de tal modo con las máquinas que habían destruido su dicha que asaltaron las fábricas y destrozaron los telares mecánicos, pero no sirvió de nada. En 1812 se impuso pena de muerte a quien destruyera una máquina. Y luego aparecieron otras nuevas y mejores, capaces de realizar no ya el trabajo de 100, sino de 500 obreros, y que hicieron aún mayor la miseria general.

Hubo entonces ciertas personas que se dieron cuenta de la imposibilidad de seguir así. De que era injusto que alguien, por el mero hecho de poseer una máquina que, quizá, había heredado, tuviera derecho a tratar a los demás como difícilmente habría tratado un noble a sus campesinos. Pensaban que cosas como las fábricas y las máquinas, cuya posesión significaba un poder tan inmenso sobre el destino de otras personas, no debían pertenecer a los individuos sino ser propiedad común. Esta opinión se llamó socialismo”.

Yo me detengo aquí, Uds. mediten, piensen, analicen, comparen, vean, deduzcan.

(La OCDE el día 3: “Economy: Governments must balance recovery with fiscal consolidation” (http://www.oecd.org/document/11/0,3343,en_21571361_44315115_46310091_1_1_1_1,00.html). En roman paladino: a) la deuda no se puede pagar, y b) lo peor está por llegar. A principios de Octubre el organismo habló del 2017, ahora esto. Cada vez se están diciendo más cosas, cada vez más).

Santiago Niño-Becerra. Catedrático de Estructura Económica. Facultad de Economía IQS. Universidad Ramon Llull.

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