Los chinos aprenden a hacer patatas bravas y pulpito

 
        

Manuel del Pozo.

 
Ya no sólo viven del arroz tres delicias y de los rollitos de primavera. Quieren cerrar el círculo y nos van a dar facilidades de pago, para comprar sus imitaciones y baratijas, a través del chino ICBC, que es el mayor banco del mundo y que se va a instalar en el corazón financiero de Madrid.
Que tiemblen Santander y BBVA porque no van a tardar en inundarnos con hipotecas en yuanes. Y luego tienen previsto instalar una fábrica en Cataluña para producir sus coches Chery.
Mientras no se aburren porque les ha dado por ponerse el mandil y hacerse con las tascas más tradicionales. Ya tienen más de 3.000 bares entre Madrid y Barcelona, y han aprendido a cocinar patatas bravas y pulpito, como pude comprobar en uno de los bares más típicos del centro de Madrid. No cambian ni el rótulo ni la carta de tapas, pero ahora en Casa Pepe en lugar de Pepe te atiende Li Chiun.
Un buen día al castizo de Pepe le llegaron tres chinos y le ofrecieron 170.000 euros por el traspaso del bar. No se lo pensó, porque encima le pagaban en metálico, con billetes de 500 euros. De dónde sale este dinero es un misterio como, en general, todo lo relacionado con la comunidad china. Para conseguir 170.000 euros hay que vender muchos bocadillos, cervezas y muñequitos por la calle.
La culpa de esta invasión china la tiene el ex presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, que a finales de los años 70 pidió a su entonces homólogo Deng Xiaoping que abriera las puertas de su país para que sus ciudadanos pudieran saber qué era la libertad. ¿Cuántos millones de chinos quiere que le envíe?, contestó sarcástico el líder chino. Al final, nos envió 60 millones y encima de los más currantes, por lo menos los que han venido a España. Aquí han llegado 200.000, que son pocos si lo comparamos con los 800.000 marroquíes y rumanos o los 500.000 ecuatorianos.
No son muchos, pero yo tengo la impresión de que están por todas partes con sus bolsas del Mercadona, siempre los veo en movimiento y haciendo lo que mejor saben, vender. Empezaron dándonos a probar los rollitos de primavera y van camino de hacerse con El Corte Inglés. Mientras nuestros comerciantes caen como moscas por la crisis, ellos siguen extendiendo sus tentáculos. Primero llegaron con los restaurantes orientales, luego absorbieron los Todo a 100 (ahora a 1 euro), instalaron peluquerías, compraron polígonos industriales enteros -como el de Cobo Calleja en Madrid- y ahora desembarcan en la cocina con el pulpo a la gallega.
Se han olvidado de su marxismo natal y ahora son los más liberales del mundo. Trabajan de sol a sol, no tienen fiestas, nadie sabe a qué hora cierran sus establecimientos y como tampoco se mueren -¿quién ha visto alguna vez el entierro de un chino?- no hay quien pueda competir con ellos.
Es verdad que sus productos son de baja calidad, pero qué podemos esperar de un destornillador que vale 2 euros. Yo compré en una ocasión una cajita de clips para agrupar folios y me llevé la desagradable sorpresa de que los clips de los chinos se oxidan. Pero cómo les voy a reclamar si me costó 75 céntimos la caja.
Aunque resulta políticamente incorrecto, tengo que reconocer que los chinos me intranquilizan.
Es verdad que no se meten con nadie, actúan con una discreción admirable y son la comunidad de inmigrantes menos conflictiva, pero me mosquea su silencio, su actitud ausente, no alcanzo a comprender esa frenética pasión por el trabajo, y sigo sin entender el misterioso origen de sus pequeñas fortunas. Aparte de los clips oxidados, tuve otra mala experiencia con los chinos. Resulta que mi padre alquiló un piso a uno de ellos y no le pagaron en un año. Cada vez que iba a la casa a cobrar le aparecía un chino distinto, pero nunca el que había firmado el contrato. El pobre me decía que todos le parecían iguales, y que no podía ni cabrearse porque encima siempre le recibían con una sonrisa.
Ya no podemos ni hacer botellón sin los chinos. Ahora se han inventado el telecubata en la calle y ya no hay que ir al Mercadona a por las bebidas. Los chinos te las sirven directamente en el parque, y te llevan el hielo y los vasos. Con una reserva ilimitada de trabajadores baratos -1.300 millones de personas-, son imbatibles y cada vez van a ser más determinantes en nuestras vidas.
Han empezado a coger el coche y a comprar televisores y frigoríficos. Imagínense que, según otra leyenda urbana, si nuestros vecinos de ojos rasgados copiasen la costumbre occidental de utilizar papel higiénico se extinguirían los árboles.
Esperemos que algún día dejen de trabajar como lo que son, chinos, les dé por vivir bien y así podamos tener un respiro.

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