Los españoles y la maldición del ruido

 

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Uno de cada cuatro hogares españoles sufre problemas de ruido en su entorno. El 31% de los ciudadanos ha denunciado la situación en algún momento y además ha tenido que tomar algún tipo de medida. Asturias resulta ser la comunidad más tranquila, mientras que Andalucía, Valencia y las Islas Baleares son las más ruidosas. Estas cifras proporcionadas por el Instituto Nacional de Estadística (INE), correspondientes al año 2008, no dan lugar a la esperanza. Tampoco las que periódicamente proporciona la Organización Mundial de la Salud (OMS). España es el segundo país más ruidoso del mundo. La OMS ha denunciado en diversas ocasiones que el 71% de los españoles se ve sometido a niveles de ruido superiores a los recomendables para la salud.

La mayor fuente de contaminación acústica es el tráfico rodado. Para la Plataforma Estatal Contra el Ruido y Actividades Molestas (PEACRAM) la siguiente fuente de ruido son las obras ciudadanas, pero en mayor medida, las discotecas y el ocio en general. Precisamente, estos ruidos derivados del ocio, con la llegada del calor y del verano, y con la necesidad imperiosa de las ventanas, se convierten en una pesadilla insufrible.

Los efectos que produce el ruido sobre el ser humano son aterradores, incluso peores que los que causa el tabaco a los fumadores pasivos, porque son mucho más rápidos y virulentos. “El exceso de ruido produce nerviosismo, insomnio, mal humor, pérdida de audición, e incluso infartos”, explica Joaquín José Herrera del Rey, abogado y presidente de la asociación Juristas Contra el Ruido. Esta asociación está compuesta por unos cuarenta abogados de toda España que, como el Equipo A, acuden a la llamada de ciudadanos que sienten violados sus derechos por exceso de ruido. “No conozco ningún caso de un vecino que se quejase de ruidos por capricho. En todos los casos las mediciones les han dado la razón”, apunta Herrera del Rey, que recomienda que “antes de comprar una casa hay que pasar algunas horas dentro y estudiar el entorno. Puedes comprar un piso en una zona verde en el mapa de ruidos, y tener un vecino que toca el saxofón a las cuatro de la mañana”.

“De todas formas, los ruidos más molestos son los que proceden de las zonas de marcha. Por muy concienzudo y profesional que sea un empresario, que los hay, puede aislar su local, pero no podrá evitar los ruidos derivados de la actividad, como los centenares de personas entrando y saliendo del local a altas horas de la madrugada, arrancando los coches, y hablando a gritos. Es un problema grave de planificación urbana”, comenta el abogado Herrera. “En Europa se sigue el principio de prevención y cautela. Una terraza con 400 personas puede interferir en el sueño de los ciudadanos, luego no debe concederse la licencia. Aquí se dan licencias como churros, y para colmo los ayuntamientos abusan de su capacidad. No sé de ningún caso en que se haya revocado una licencia”, apostilla el presidente de Juristas contra el Ruido.

Cuando un ciudadano decide acudir a un abogado, es que ha agotado todas las demás vías posibles y está desesperado. Se ha quejado miles de veces a las autoridades, ha hecho todo tipo de mediciones, y ha comprobado cómo nadie de la Administración le hace caso. Sin embargo, la vía judicial no es un camino de rosas. “Recomendamos dentro de lo posible que siga la vía civil, porque la contencioso-administrativa es una pesadilla. Está hecha para proteger a las administraciones, como si no fuera ya suficientemente duro tener que litigar en tribunales contra aquel que tiene la obligación de proteger tus derechos”, relata Herrera del Rey.

 
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Indefensión de la víctima

El sistema actual de lucha contra el ruido es de una ineficacia absoluta. Los políticos gastan decenas de millones en elaborar mapas acústicos de ruido. Como bromean algunos afectados, si tendrán poca idea los políticos, que necesitan hacer un mapa para encontrar el ruido. Les saldría más barato poner chinchetas en un mapa reuniendo y agrupando las denuncias contra el ruido en los últimos 15 años, pero lo cierto es que políticos y administradores van únicamente a por lo que se conoce como el decibelio político, un concepto etéreo manipulable, y vagamente esotérico que se ha convertido en un chollo para muchos profesionales. Del decibelio político viven los fabricantes de sonómetros, muchos ingenieros, y las empresas elegidas a dedo para hacer los ineficaces mapas de ruido. Basta recordar esas estaciones medidoras colocadas en diversas ciudades españolas y que algunos ciudadanos poco cívicos utilizan a altas horas de la madrugada para medir su capacidad pulmonar en decibelios. “El derecho del pueblo de Tudela mandaba poner una copa de tinto sobre un barril y, si aparecía alguna onda en la superficie del vino, había ruido. Ahora, los políticos rinden culto al decibelio, mientras olvidan tonterías tales como el derecho al descanso o la inviolabilidad del propio domicilio”, apostilla Herrera.

La conciencia social es clave para acabar con el exceso de ruidos. Al igual que con el tabaco, los políticos deben convencerse de que el ruido es perjudicial para la salud. Entre las soluciones posibles se encuentran la precaución a la hora de conceder licencias para bares, cambiar las frecuencias de los semáforos o el material de asfaltado.

“En la lucha contra el ruido, los políticos y los administradores deberían adoptar tres principios. En primer lugar, el de precaución y cautela que va ligado al derecho a la salud. En segundo lugar, la corrección en foco. No se trata de aislar mi casa, sino el local ruidoso. En tercer lugar, aplicar el principio de que el contamina paga”, concluye Herrera del Rey.

Los españoles y la maldición del ruido