Pensiones: el compromiso que se quisiera que dejase de ser

 

Santiago Niño Becerra.

Uds. lo han leído aquí: las pensiones de jubilación ya no son necesarias, han pasado a ser molestas: ya no hace falta comprar ninguna paz social: la paz social se impone, tampoco hace falta sostener ningún consumo de nadie: se exporta (esa es la idea), ni los políticos deben transmitir ninguna imagen social para que nadie vote: que vote quien quiera y se hará con lo que salga, total, para las posibilidades de gobernar que hay …Uds. leyeron aquí que en la reforma de las pensiones (en la que todos los partidos estuvieron de acuerdo, por activa o por pasiva) había una letra pequeña de la que no se hablaba: el factor de sostenibilidad. (El País del 21.02.2011, en su Pág. 19 publicó un texto que explica muy bien la parte técnica del invento).

El esquema de pensiones que tenemos aquí (y en muchos sitios) se basa en que la gente que trabaja hoy paga, con sus cotizaciones, las pensiones de quienes ahora las están percibiendo; así ha sido desde que el Welfare empezó a funcionar en los 50. Pero para que ese esquema funcione los dineros que se van recaudando tienen que ser suficientes para pagar a quienes están jubilados, personas que, debido al modelo de protección social y al mayor crecimiento que se ha ido produciendo, están viviendo cada vez más años, por lo que aquí aparecen dos problemas.

Primer problema: es preciso que el PIB -y los ingresos por cotizaciones, evidentemente- crezcan lo suficiente para afrontar unos pagos crecientes derivados de la creciente esperanza de vida, pero cada vez menos población ocupada es necesaria para generar una unidad de PIB, y cada vez la oferta de trabajo es mayor y la demanda menor por lo que el salario medio tiende a la baja, y cada vez es más sencillo deslocalizar lo que haga falta donde haga falta; es decir, la cantidad recaudada para pagar pensiones tiende inexorablemente a la baja.

Segundo problema: el aumento de la esperanza de vida se ha vendido como uno de los principales logros del Welfare State: a principios del siglo XX, en Inglaterra, la zona del mundo más desarrollada, la expectativa de vida media se hallaba en 40 años. Pero más años vividos significan más importe total percibido en pensiones desde el momento en que la vida laboral se interrumpe hasta que se produce el deceso de la persona que percibe la pensión, y los estudios apuntan a que esa cifra va a ir a más. (El alargamiento de la esperanza de vida tiene otro problema del que aún no se habla: el consumo de sanidad:

el gasto medio en sanidad de una persona de 65 años de edad, o más, es once veces mayor que el gasto sanitario de una persona de veinte años de edad)

En resumen: cada vez va a haber menos fondos para pagar, cuando se jubilen, a unas personas que cada vez van a ser menos necesarias teniendo en cuenta que cada vez esas personas van a vivir más años.

Como exponerlo así es feo y no hace ganar votos, se toman actuaciones parciales aunque el core del problema se pospone … décadas. En España este Gobierno (el siguiente, sea el que sea y tenga el color que tenga, pienso, no va a modificar ni una coma de lo ahora acordado, en todo caso lo sofisticará) se ha inventado una cosa denominada ‘Factor de Sostenibilidad’: el Factor S. Básicamente consiste en implementar algo muy simple que puede denominarse ‘La Teoría de la Masa Pensional Variable’: ¿a cuánto tienen que ascender las pensiones teniendo en cuenta el tiempo que los perceptores pueden cobrarla en base a la pasta de la que ahora se dispone y a las expectativas de ingresos de los próximos cinco años? (cinco años ahora, el año que viene puede bajarse la cifra a lo que haga falta). El Factor S, entiendo, será diseñado y ejecutado a fin de llegar a esas cifras.

A través de un modelo econométrico bastante complejo se habrá realizado una estimación de lo que es lo esencial: los fondos que en cada año se dispondrán para pagar pensiones teniendo en cuenta la evolución de los ingresos de que se dispongan, y ello se habrá calculado en función de la estimación de la población ocupada, de sus salarios y remuneraciones, de la demanda de trabajo y de las cuotas empresariales que pagará esa demanda de trabajo. Esa cantidad, insisto, pienso que tiende a la baja, es decir, y repito: cada vez va a haber menos dinero en la caja para pagar pensiones. A partir de ahí se ha montado un calendario de jubilaciones que sitúa la edad legal de retiro a los 69 años en el 2050.

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Vuelvo a insistir: hoy, la opción comunicada a la población dice que si en el 2050 la población ocupada se jubila a los 69 años, habrá pasta para pagar las pensiones teniendo en cuenta los años de cotización que entonces se hayan establecido; todo muy abierto, todo muy sutil, todo muy indefinido: hoy, en el 2011, hablar del 2050 es como si se hablase del 2467: la eternidad; queda muy bien y con eso se llena una conferencia de prensa, pero nada más.

 

Y, curiosamente, de la otra variable no se habla, o sí, pero para justificar el endurecimiento del modelo de pensiones: la esperanza de vida. Pienso que no, que la esperanza de vida no va a aumentar, al revés, pienso que va descender mucho, mucho (no digo que no aumente la de un grupo de personas en concreto, sino que va a disminuir la de una población), ¿por qué?, pues porque a medida que los ingresos medios desciendan la población se alimentará peor, a medida que la actividad decrezca los ingresos por contribuciones fiscales disminuirán (y eso sin tener en cuenta las rebajas que se hagan para ‘reactivar’ la economía) por lo que menos fondos habrá para dedicar a sanidad; a medida que, por lo anterior, más personas tengan su salud más perjudicada, más demanda sanitaria habrá y, por lo anterior, menos podrá atenderse. El resultado de este proceso implosivo será, pienso, la reducción en la esperanza de vida, y de eso ya tenemos un ejemplo: en los siete años siguientes a la desaparición de la URSS y que supuso la reducción en vertical de la sanidad pública y de su calidad, la esperanza de vida decreció en Rusia seis años (ni idea de lo que descendió, de verdad, en el resto de las ex repúblicas).

Pero no, que nadie se alegre: la disminución de la esperanza de vida no va a solucionar nada porque los ingresos, pienso van a caer mucho más que los menos años que, de media, cada persona vaya a vivir. De entrada, y para centrarnos en España, hay una parte del PIB que se está yendo y no va a volver: el PIB generado a base de un crédito masivo y dedicado a unas actividades que se hallan en total retroceso sin posibilidad de sustitución; ¿a cuánto asciende ese PIB?, algunas estimaciones hablan del 20%. Por otra parte, el desempleo estructural en el que se instalará la población activa española cuando, tras la crisis, se haya alcanzado la estabilidad, puede alcanzar, pienso, el 15%. (Deduzco que no va a suceder lo que especulan algunas suposiciones: que España se va convertir en la residencia geriátrica europea: fuera, la crisis, también va a causar estragos masivos, y fuera también se van a producir distorsiones entre ingresos, gastos, desempleo y esperanzas de vida).

Mis alumnas/os (19 – 20 y 22 – 23) tienen megaclaro que no van a percibir ninguna pensión tal y como hoy una pensión es entendida: nada en absoluto, cero. Si el desempleo / subempleo tiende al alza, si la remuneración media apunta hacia abajo, si los Estados cada vez van a tener menos poder cohesionador para establecer, mantener y controlar ningún sistema universal, como el de pensiones, ¿qué importes van a ser recaudados, por quién, para pagarles a ellas/os una pensión?.

En ese futuro galáctico que el Gobierno sitúa en el 2050, a sus empleadas/os más ‘más’ las corporaciones pueden remunerarles una especie de jubilación entre comillas durante la cual su actividad se reducirá; otras y otros, aunque pocas y pocos, colaboradores de esas corporaciones posiblemente puedan dotar a través de ellas algo parecido a rentas de cobro diferido; el resto un subsidio que, desde luego, nada tendrá que ver con esto que hasta ahora se ha denominado ‘pensión de jubilación’.

Las pensiones, no lo olviden, nacieron por una necesidad emergida de la evolución de las cosas, ahora esa necesidad ha desaparecido; además, y como eran necesarias, las cosas evolucionaron de forma tal que las pensiones pudieran financiarse, es lógico que ahora esa financiación sea imposible: lo que financian no es necesario.

Y esto aquí y en todas partes (donde hay pensiones, claro). En fin: esto nos ha tocado ver, esto es lo que nos ha tocado vivir. ¿Qué les haga alguna sugerencia?, ahorren.

Santiago Niño-Becerra. Catedrático de Estructura Económica. Facultad de Economía IQS. Universidad Ramon Llull.

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Pensiones: el compromiso que se quisiera que dejase de ser
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