Una vida entre rejas por perder su fusil

 
Amparo de la Gama.
Miguel Neiro posa con sus hijas (A. de la Gama).
La fatalidad llamó a su puerta el día en que Neiro perdió su fusil. Era una mañana cualquiera, de esas que amanecen torvas en la ciudad de Ceuta, donde Neiro cumplía su servicio militar: “En la mili se pierde un fusil y a mí me condenan a golpes y ofensas durante cinco días, hasta que vienen y me piden perdón. Luego me dicen que ha aparecido el fusil; pero desde ese día ingreso en prisión, por deserción”. Fue el principio del fin. Desde entonces hasta la actualidad. Ahora que la Audiencia Provincial de Granada acaba de denegarle la refundición de sus penas, la vida de Miguel Neiro ha discurrido entre jueces, tribunales, guardias civiles y cárceles.
“Nací en el año 50, en el 66 entré preso, y a partir de entonces se acabó la libertad para mi”. El cautiverio le ha convertido en un hombre de ojos hundidos en la profundidad de sus órbitas, de voz ligeramente agrietada, levemente velada; carraspea constantemente y en su mirada hay tal poso de tristeza que escandaliza al que le contempla: “¿Cómo quieres que me sienta? He vivido estos años con una especie de amnesia brutal. Así no hay quién viva. No deseo ser una persona en la que se limpien las maldades, ni aguantar a tanta persona indeseable. Veo desde aquí, desde mi celda, que la ley solo protege a los violadores, a los pudientes, a los seres destructivos; todos gozan de una calidad superior. No deseo juzgarlos. Ni debo. Pero es humillante esta ley que abraza y protege a los asesinos de niños, mientras que a los que queremos a nuestros hijos nos tira y destruye”.
Lleva la mitad de su existencia acodado en un angosto ventanuco de rejas oxidadas. De momento, este gaditano con manos para la escultura y sin delitos de sangre, suma ya 34 años en prisión, un tiempo de clausura sólo interrumpido por los permisos, alguna fuga y unos cuantos meses de libertad condicional en 1994, que se acabaron una tarde en la que fue a firmar a la comisaría y se enteró de que le acusaban de dos robos en la otra punta de su tierra. Terminó liándose a pellizcos con un policía. “Ese día le dieron tal paliza que da vergüenza ver las fotografías”, cuenta su abogado, Félix Martín. “Los hechos fueron denunciados. El caso de mi defendido es una pena de cadena perpetua encubierta descaradamente”.
Hasta la fecha, Miguel se ha pasado la vida bajo control penitenciario o fugado. “Me fugaba porque estoy cansado de soportar tanta injusticia, tanta sinrazón, tanta trampa. Por ello y de una vez por todas, les envío un SOS para poder vivir libre el tiempo que me quede de vida, ya me destruyó el sistema bastante, no insistan en hacerme daño, no sean tan crueles”, pide. 
Nomadismo de juventud
Lejos queda el nomadismo de sus días de juventud. Aunque en su rostro aún permanecen algunas huellas del hippy que era cuando enamoró a su primera esposa, Malloa Morgersen, una excéntrica millonaria marbellí propietaria del hotel Las Chapas a la que encandiló con su gracia. Días de oxigeno para los minutos que ahora pesan toneladas. Miguel era un dandy por aquel entonces, de esos que se fumaban la vida de un solo soplo. “El hombre prisionero sueña con salir y quedarse a solas con su mujer, abrazados en su primera noche en libertad, solo para ella, aunque sea contemplándola, y a tus hijas. No puede esperarse que un hombre se limite a hacer el acto sexual un solo día al mes, a la hora estipulada, en la cárcel, y que luego esté centrado, con la sensatez correcta”.
Desde el día que se fue a la Marcha Verde del Sahara hasta ahora, ha cambiado el brillo de su estrella: “Entonces era un analfabeto de la vida, pero tenía una existencia que ahora los jueces han manipulado a su antojo. Yo les digo a esos señores que hoy me han denegado la refundición de mis penas: ‘Ahora soy quien ustedes crearon… ¿De qué se lamentan? Métanse 30 años con locos, y menos locos, en una prisión y después hablamos’”.
El preso que perdió su fusil lo tiene claro y, cueste lo que le cueste, va a intentar salir. Es la nueva batalla de Neiro y su abogado, que va camino del Tribunal Supremo. Ambos son conscientes que el tiempo juega en contra ellos, pero es el único método que permite el sistema. “Mi remedio para ahogar las penas es agarrarme al yeso de mis esculturas”. Neiro amasa compulsivamente como si moldease el oxigeno que ya no le queda dentro del cubículo penitenciario. Las obras de arte que realiza en prisión son su catarsis y presiona la masa como si pudiese amasar su oscura biografía a golpe de cincel. “Cometí delitos, es cierto. Pero estoy convencido de haberlos pagado. No es agradable vivir una vida al margen de mis seres queridos, de mis tres hijas”.
La sombra de una leyenda
Félix, el defensor de Neiro, asegura que su expediente está lleno de irregularidades que demuestran que el sistema falla. Según el letrado, el reo no tendría que haber pasado más de 20 años en prisión porque no ha cometido ningún delito de sangre. Pero ahí permanece. “Mi vida se agota sin haberla vivido. Hágame la cuenta bien en mi condena con sólo eso seré libre, lo que me sobre no lo usaré jamás”.
El lenguaje de su discurso es resuelto y rico en matices, y hace que resulte difícil imaginar que su ultimo delito fuera “pegar a pellizco a un policía”, y que su peregrinar desde el año 1976 hasta hoy hayan sido por delitos fundamentados en desordenes públicos, falsificación de documentos, o contra la salud publica. Se ha erigido en el preso común con mas años en prisión de España “estoy en el abismo en ese lugar que te lleva al teatro de la vida a representar tu papel, en cada acto, en cada secuencia, hasta que se acabe el royo”. Ahora la sombra de su leyenda es alargada y con forma de cruz. Si su karma tenia un precio, lo ha saldado. Solo anhela un sueño: la libertad.

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