Y el iPhone se transformó en Polaroid

 

José Mendiola.

Ex googler, alumno de la universidad de Stanford, hizo prácticas en la start-up que daría vida a Twitter, y convenientemente tostado por el sol de la bahía de San Francisco. Kevin Systrom tiene pedigrí de sobra para poder alcanzar el olimpo de Silicon Valley, y sin embargo, todavía le sorprende reconocer que Instagram, su pequeña aplicación para el iPhone, haya alcanzado el millón de usuarios en apenas diez semanas de vida.

La historia comenzó a mediados de octubre, cuando los usuarios de la App Store (tienda de aplicaciones para el iPhone), comprobaron que un pequeño programa gratuito hacía aparición en el catálogo de la sección de fotografía. “Otro más”, pensarían muchos, y es que sus primeros escasos ochenta usuarios mantenían a Burbn Inc., la empresa que alumbró el producto, en el filo que determina el éxito o fracaso de una aplicación. La agonía dura poco, y la gloria o el calvario no se hacen esperar en la tienda iOS de Apple. Con más de 250.000 aplicaciones y un crecimiento que desborda todas las expectativas, uno tiene que ser realmente bueno para hacerse un hueco en el exigente ranking de la tienda. 

El triunfo de lo simple

 

 Pero no crean que Instagram es una aplicación sofisticada o innovadora. De hecho, su funcionalidad lleva tiempo en el mercado: se trata de un programa que toma fotos, les añade unos filtros y las publica en el perfil del usuario, que a su vez tiene sus seguidores. Analizando los componentes uno a uno comprobamos que para la aplicación de filtros retro hay multitud de aplicaciones, y la filosofía de ‘publicación en el perfil’ nos recordará inequívocamente a las exitosas redes sociales como Facebook o Twitter. Añadamos al mix una sencillez de uso apabullante, el precio cero de la aplicación y la posibilidad de difundirse en otras redes sociales, y daremos con la fórmula del éxito. Systrom ha mezclado todos estos ingredientes en la coctelera y la ha agitado sabiamente: Instagram es un hit que puede alcanzar cotas inesperadas y que va camino de cruzar el Rubicón, convirtiéndose en red social per se. Y lo hará, además, a buen ritmo: “Se sube una media de tres fotos por segundo”, reconoce el joven CEO. 

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El propio Systrom identifica las claves del éxito en una entrevista concedida al New York Times: “las fotos son un medio muy accesible para todo el mundo, y no es necesario hablar inglés para disfrutar de las imágenes subidas por todo el mundo”, afirma. Pequeña pero matona. Instagram es una app que engancha y son miles los usuarios que cumplen religiosamente el recorrido Twitter-Facebook-Instagram en su iPhone cada día. Preguntado por la adicción que genera, el fundador de la compañía afirma: “Somos seres ‘visuales’ y nos gusta que nos estimulen visualmente”. Y razón no le falta: cuando el usuario confecciona convenientemente la lista de conocidos a los que seguir, el paseo por esta aplicación-red puede resultar extremadamente divertido. 

Pero no sólo entretiene al espectador. El que sostiene el iPhone en sus manos e inmortaliza los momentos a voluntad, cuenta también con sus pequeñas recompensas. La primera de ellas, la vanidad, elemento omnipresente en las redes sociales y es que es difícil evitar proyectar una imagen positiva de uno mismo. Así, Instagram supone una plataforma perfecta para reflejar en instantáneas lo mejor de nuestro mundo. Pero en la difusión no acaban las recompensas: Instagram cuenta con un botón “me gusta” (les suena, ¿verdad?), donde los followers otorgan su reconocimiento a mayor gloria del fotógrafo amateur. No tiene por qué haber una relación directa entre el número de votos y la calidad de la foto, sino que éste está más relacionado con la cantidad de seguidores del aludido. Ya saben, terreno abonado para los gurús del 2.0.

Y el iPhone se transformó en Polaroid
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